Hace un año decidí dar un paso de gigante publicando la novela. No me atrevía, como conté en una de las primeras entradas. ¿Sentía miedo al fracaso? Puede ser. O quizá no necesitaba el veredicto del público. No sé.
Los primeros momentos fueron de mucha tensión, muchos nervios y mucha incertidumbre. Estaba muy emocionada. Mis amigos, mi familia y la gente más cercana se volcaron plenamente y accedieron a ella de manera inmediata. Se tiraron a la piscina casi sin saber cómo se nadaba. No sabían ni de qué iba y ya estaban leyéndola y algunos devorándola. Me sentí muy orgullosa de ellos. Y pronto llegaron sus comentarios. Ansiados. Mágicos. Muy alentadores. La mayoría desconocían mi faceta de escritora y quedaron sorprendidos. Yo también lo estaba. No esperaba tan buena acogida.
Y otros, amables y desconocidos, también la leyeron. Y aún me sorprendieron más. A algunos les tengo que agradecer no haber parado de escribir. Sus guiños, sus mensajes y sus ánimos sinceros me hicieron – me hacen – tirar para delante encantada y orgullosa de lo que soy.
A todos os agradezco vuestro tiempo y dedicación. A todos, mil gracias.
Haciendo balance de este año, he de reconocer no haber dedicado mucho tiempo a su promoción. Casi nada. Pero me niego a dejarla morir.
Y me lanzo una pregunta. Y se la lanzo al mundo: ¿Qué más se puede hacer? ¿Qué es lo que hace que se encienda la chispa para que prenda la pólvora?
¿Cómo puedo transmitir que tengo algo bueno que el mundo no sabe que existe?
Insisto, me niego a dejarla morir.